Útimamente estoy muy sensible.

Las cosas, las lecciones, los aprendizajes, llegan muchas veces cuando lo necesitamos, cuando menos lo esperamos o cuando les abrimos la puerta.

Y es que todo, aunque cueste, tiene un para qué, en esta vida.

Llevo unos días muy sensible, quizá más de lo normal para mí. Pero esta vez ha sido diferente.

Por primera vez me he dado cuenta de mi soledad.

Sí, así es, me he sentido sola de verdad, he visto lo sola que estaba o me he dado cuenta de lo sola que estoy.

En mi caso pensaba que estar rodeada de personas normales, era como estar acompañada. Y sí realmente lo estaba, quiero decir rodeada de personas normales, pero no acompañada.

Normales, bueno, por decir algo! Cada persona que saque sus valoraciones.

Y es que como aparece en el Principito, «sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos». El resto es todo fachada, imagen, sin contenido.

Esperaba algo de donde no iba a sacar nada. Esperaba algo de las personas normales, con altos cargos, trabajos importantes, buscadores de talento. Sí, buscadores del talento que derroché, compartí y regalé.

Las verdaderas personas que vieron el talento, no visten con chaqueta o corbata. Tienen trabajos normales, pero vieron en mí ese talento, me vieron a mí, tal y como soy y me aceptaron tal y como soy. Tal y como estoy, sola muy sola. Y es que no se sí lo sabes, pero a las personas de éxito, les asustan las personas que están solas.

Egoísta de mí, no supe valorarlo. No fui capaz de verlo, preocupada en mis masters y en encontrar el trabajo de mi vida. Les descuidé. Pero el amor incondicional siempre está ahí, para darme un aviso cuando lo necesito.

Gracias personas normales, por dejarme ver que no soy como vosotras y que nunca lo seré, ni me aceptaréis, simplemente por no reunir vuestros valores.

Un día sucedió lo que tenía que pasar. Me vine abajo, totalmente.

Nunca o en un principio, no recuerdo que me sucediera algo parecido. ¡No como esta vez!

Me temblaban la manos, no podía hablar, era algo muy extraño.

En ese tiempo estaba muy preocupada por cambiar de trabajo. Mejorar profesionalmente, ganar más dinero, tener una mejor calidad de vida.

Me estresé mucho estudiando, trabajando, ajustando el tiempo, siendo productiva. Aplicando los valores que se nos imponen, en esta sociedad de resultados.

Volqué todo hacia afuera, y no cuidé nada lo de adentro. Esto se resume en, cuantas más relaciones sociales mejor, cuanto más contactos mejor, cuantos más resultados mejor…

Me olvidé de mirar a dentro y me vine abajo. Como es normal, según me enteré después.

Primero toqué fondo, no podía hablar. Y poco a poco sentí como algo dentro de mí, que se iba abriendo, en el pecho. Era como un calor denso y pegajoso, que se iba moviendo por dentro de mi pecho y tripa.

Entonces empecé a ver todo desde otra perspectiva, gracias en parte a las personas incondicionales que realmente estaban ahí. Y yo no quise verlas.

Empecé a darme cuenta de que sus empujones eran para que espabilara.

Que detrás de sus palabras, había verdad.

Para que viviera, para que volviera, me nutrieron, con dulce de chocolate y me dieron un sitio donde poder descansar.

Las manos me temblaban, ellas lo veían y yo lo ocultaba.

Me di cuenta poco a poco de todo. Yo estaba sola, muy sola. Ellas lo sabían y poco a poco mi corazón se iba abriendo a la realidad, que yo no quise ver.

Correr a delante, para qué.

¿Cómo iba a encontrar un trabajo mejor, si ni siquiera mi vida estaba estructurada?

Si, estaba sola y fui incapaz, durante mucho tiempo, de ver a las personas que realmente estaban ahí y de ver mi soledad.

Amor incondicional, yo lo llamaría así.

Vi sus caras, mirándome, cuando yo no les miraba. Vi como observaban algo que yo era incapaz de ver y que procuraba esconder. Pero en la expresión, en sus expresiones pude leer todo. Pude leer su preocupación y su desesperación por no verme arrancar.

Entonces me di cuenta de que eras feliz viéndome feliz. Que realmente te preocupabas. Que realmente sabíais lo que pasaba ,aunque nunca quisiste decir nada.

Sabias, cosas de mí, que ni si quiera yo recordaba. Sabías que me gustaba el chocolate. Voy a decirte que me encantaba.

Estabas ahí… estabais ahí! Siempre estuvisteis ahí, mirando, observando esperando. De manera incondicional.

Poco a poco mis sentidos se han ido abriendo a la realidad.

Quizá a eso se le llame humildad. Saber que no somos perfectos, que somos vulnerables y aceptarlo.

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